¿De quién es la palabra?

Según Michel de Montaigne, “la palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha”, lo que significa que, en buena medida, una vez exteriorizamos una idea o pensamiento a través de la voz, ya no nos pertenece del todo, y pasa a ser parte, también, del destinatario de nuestro mensaje.

La importancia de las palabras no solo reside en aquello que decimos, sino también en aquello que callamos. Y a menudo sucede que nos arrepentimos de haber dicho ciertas cosas que hubiera sido mejor callar. De aquí la importancia de medir bien lo que expresamos, cómo lo hacemos, en que contexto y quien es el destinatario de nuestras palabras.

Desde el “no rompas el silencio si no es para mejorarlo” de Beethoven, hasta el “me he arrepentido muchas veces de haber hablado, pero nunca de haber callado” de Jenócrates, existe una gran cantidad de frases que nos recuerdan que hablar puede entrañar ciertos riesgos y que a veces es mejor no decir nada y guardar silencio.

En cierto modo se trata de una cuestión de mesura, de saber cuándo hemos de hablar o expresar nuestra opinión y cuándo es mejor no hacerlo. Cuándo toca hablar y cuándo solo escuchar. Porque se supone que cuando alguien habla, hay alguien que escucha, aunque a menudo también sucede que solo oímos aquello que el otro dice, pero no estamos escuchando de verdad, de forma atenta y activa, sino tan solo oyendo.

En otro orden de cosas, se puede dar el caso de que nuestras palabras sean reproducidas por un tercero, por alguien que nos ha escuchado y transmite nuestro mensaje o por parte de los medios de comunicación, que se hacen eco de lo que hemos expresado. En este caso el riesgo pude ser el de la tergiversación de aquello que verdaderamente hemos dicho, con el consiguiente perjuicio hacia nuestra imagen o reputación, incluso, si la tergiversación se mantiene y no es corregida.

Las palabras, pues, parece que pueden tomar vida propia, más allá de nuestro objetivo original a la hora de dejarlas ir. Una vida que puede ser más larga o corta, dependiendo del éxito que alcancen en la sociedad y en la historia.

Los clásicos todavía perduran en nuestros días, después de muchos siglos, pero en cambio hay ideas, libros, pensamientos o manifiestos que ya nadie recuerda a las pocas horas o días de que hayan visto la luz.

Los mensajes pueden venir de muy cerca, dentro de nuestra cultura y nuestra lengua materna, o en cambio provenir de idiomas que no entendemos y entornos culturales bien alejados del nuestro. Aquí también existe el riesgo de la tergiversación, porque las palabras deben ser traducidas de una lengua a otra, es decir, convertidas o mudadas, según la definición de la RAE, o “pasadas de un lugar a otro”, según su significado en latín.

Traduttore, traditore resume, en cierta manera – aunque de forma tal vez un tanto peyorativa e injusta – el riesgo que existe a la hora de pasar unas palabras, conceptos o ideas desde su idioma original a otro, para que llegue a un público más grande o a aquel destinatario concreto que necesita entender alguna cosa que se ha escrito en un idioma que no domina.

Las palabras, aquellas unidades lingüísticas – nuevamente la RAE – que permiten que expresemos aquello que queremos decir, son al mismo tiempo uno de los tesoros más valiosos que tenemos, pero que pueden ser también nuestra ruina. Aprender a dominarlas, dosificarlas, potenciarlas o esconderlas, es un arte que requiere de tiempo y paciencia, de prudencia y de experiencia. Un arte que podemos aprender, siempre que queramos ser dueños de lo que decimos y no esclavos de lo que hemos dicho.

Las palabras nos pertenecen, las nuestras y también las que oímos o escuchamos. Y más allá de nuestra decisión de decirlas o guardarlas, de escucharlas o no oírlas, existe la libertad de que puedan ser expresadas y de que puedan ser oídas.

Las palabras son herramientas que tenemos en nuestras manos y ojalá que las utilicemos todos de forma positiva y constructiva, y en su justa medida.

Por un 2022 lleno de buenas palabras, comprensibles y cargadas de optimismo.

¡Feliz Año!